34 consejos del “Cholo” Simeone para la vida y el fútbol

El director técnico contó anécdotas de su carrera como futbolista y su exitoso presente como entrenador en Creer, su libro. Su filosofía, sus enseñanzas a los jugadores y su responsabilidad en el descenso de River, en un resumen de la obra

(AFP)

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Creer. El desafío de superarse siempre repasa la vertiginosa carrera de Diego Simeone contada en primera persona, con detalles nunca antes conocidos. El camino profesional del actual director técnico del Atlético de Madrid no estuvo siempre plagado de rosas. Fueron esas dificultades las que lo formaron como futbolista y entrenador. De allí aprendió que la solidaridad, el esfuerzo y la paciencia son virtudes imprescindibles para cumplir los sueños.

Editada por Planeta el año pasado, la obra recopila las enseñanzas que recibió el Cholo de grandes figuras del fútbol como Diego Maradona y Oscar Ruggeri; repasa sus primeros años como DT en Racing, Estudiantes y River; y analiza su presente, con muchos títulos y algunas cuentas pendientes. En esta nota, un resumen con 34 de sus frases más importantes.

Yo jugaba sólo para ganar. Lo único que tenía en mente era ganar el partido, siempre fui muy competitivo. Para mí era nosotros contra ellos. El ambiente externo era muy lindo, pero que hubiera mil personas o cien mil no me importaba.

Mantenerse en lugares a los que cuesta llegar es una tarea difícil. Hay jugadores que no pueden mantenerse porque, mentalmente, no han crecido de una manera fuerte. Frente a las dificultades yo era tremendamente competitivo. Un pibe que a los 8 años venía a probarse en mi puesto para mí era un enemigo. No le hablaba y si mis amigos se ponían a hablar con él, me enojaba con ellos. Pensaba que venía a sacarme mi lugar y me esforzaba para jugar cada día mejor.

La competencia es útil para superarse personalmente. Competir tiene mucho que ver con la idea de que hay dos que se disputan un solo lugar.

En la competencia, resulta fundamental saber que uno tiene que ser más fuerte que el otro. Hay alguien que compite por el lugar propio y las cosas se resuelven según la fortaleza de cada uno.

La primera materia de un buen jugador de fútbol es la personalidad. Porque talento tienen todos. En una plaza de Palermo hay pibes que juegan bien, pero de eso solo no se nutre un futbolista. No todo es jugar bien. De lo contrario, un montón de personas que juegan en el barrio o en las plazas llegarían a Primera. La diferencia entre el que juega bien y el futbolista profesional es que este logra sostener los diferentes momentos críticos que tiene el fútbol.

Los momentos de crisis son geniales. Son los mejores para el aprendizaje. Mi hermana me enseñó que no tenía que considerar el trabajo en Racing como un fracaso sino como un aprendizaje. Tenía razón.

Entrar en el túnel que conduce a la cancha es uno de los mejores momentos del fútbol. Es como un viaje al futuro. Siempre digo que en ese momento puede explotar una bomba a cien metros que yo no la escucho. Estoy enfocado en el espacio, en el lugar, en el momento, en el olor, en el ruido de los tapones contra el piso, en la mirada de los jugadores, en cómo el cuerpo se va preparando para competir.

Para mí, el partido era una “guerra” y mi sentimiento era que tenía que “matar” al rival, ambas palabras en sentido figurado, por supuesto. Yo necesitaba correr más que el contrario, tenía que ser más fuerte que él. Empezaba a querer el triunfo del partido deseando ganar el duelo que tenía contra el jugador con el que me tocaba enfrentarme directamente.

Relaciono el juego del fútbol con el boxeo, con la pelea de la calle. En ambos casos siempre hay un momento en el que alguien transmite miedo en los ojos y en el cuerpo. El miedo se ve, tanto en el otro como en uno, si se lo está sintiendo. En el fútbol es exactamente lo mismo. Cuando el rival intuye que está transmitiendo miedo, se aprovecha sin piedad. No es que sea más fuerte que el rival, es que supo infundir temor. Es algo que no tiene que ver con hacerse el guapo sino con ser guapo a nivel mental. Quizás, darle miedo al adversario consiste simplemente en que este perciba que uno no tiene miedo.

(Getty)

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Maradona, Oscar Ruggeri, los jugadores campeones del mundo con los que conviví desde muy joven en la Selección Argentina me fueron marcando la personalidad. No hacía falta que dijeran nada. Se aprendía mirando los hechos que protagonizaban dentro de la cancha y del vestuario.

Jugar al lado de Diego era el paraíso. Con los tipos que piensan rápido es más fácil jugar. Con ellos hay una conexión cuando se atacan los espacios. Diego era diferente. Fue el mejor de todos los grandes futbolistas con los que me tocó jugar.

¿Qué es el poder en el fútbol? Es un poder por el que alguien es capaz de hacer cosas que otras personas no son capaces de hacer. Ocurre con los jugadores diferentes aunque, evidentemente, hay pocos futbolistas que tengan tanto poder como los casos de Maradona o Lionel Messi. Son grandes futbolistas con personalidad, que contagian y le hacen saber, a los compañeros y a los rivales, que el mazo tiene una carta más.

En todas las actividades hay que saber combinar la energía con la inteligencia. Cuando se advierte que es posible funcionar con menos energía, se regula mejor todo y se presta más atención a las situaciones que pueden ocasionar el desborde.

La del futbolista no es una inteligencia clásica. No se cuenta con mucho tiempo para pensar. Yo la entiendo como una inteligencia física, biológica, como de supervivencia. Está formada en la experiencia de resolver problemas en centésimas de segundos. De ese modo, el cuerpo se vuelve inteligente y esa inteligencia progresa con los años. Por ejemplo, los delanteros hacen más goles cuando son más grandes, y los arqueros son mejores cuando pasan los años.

La agudeza de la inteligencia reemplaza el deterioro físico. De eso no tengo ninguna duda. Cuando la potencia física del futbolista empieza a mermar, comienzan los movimientos más inteligentes y más útiles. En la primera etapa de un jugador manda el cuerpo y en la segunda, la cabeza. La etapa posterior es la de asimilar que la carrera se termina. Es una situación triste que cuesta aceptar porque el camino que hace un futbolista empieza a finalizar cuando está maduro y es más inteligente para jugar.

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Yo tuve la suerte de haber pasado de jugar al fútbol a entrenar en un día. No hubo ninguna transición. Así debuté como técnico en Racing. Nos fue mal en ese inicio pero terminamos salvando a un equipo que se iba a la B. De Racing fuimos a Estudiantes y salimos campeones en un club que no salía campeón hace 25 años. Fuimos a River, que hacía cuatro años que no salía campeón, y salimos campeones. Pero después nos fue tan mal que salimos últimos y decidí irme.

Por lo general, el futbolista viene de abajo y se encuentra con algunos problemas materiales. Pero lo que lo impulsa es el sentimiento de jugar a la pelota, no el dinero. Creo que muchos futbolistas no tienen idea de lo que cobran, cuándo entra la plata a su cuenta y en qué cantidad. Si se llega, es por amor al juego y no por plata. En el momento en el que el fubolista se desvía de ese amor, empieza a ser distinto.

La dificultad es la mejor escuela. Nunca uno aprende tanto como cuando le va mal. Así como digo que los resultados no se nos daban en Racing, también pienso que fue una etapa de preparación técnica, táctica y física donde tanto mi cuerpo técnico como yo comenzamos a interpretar mejor nuestras ideas y nuestros sentimientos.

Perdimos 2-1 con Gimnasia. Habíamos jugado bien y los pibes habían dado la vida. Terminó el partido y les dije: “Muchachos, vivan este momento porque no vuelve. Dense cuenta que cuando se está mal, aunque estén dando todo, no se sale de la mierda. Entonces cuando estén bien, peleen por seguir así”.

La única actitud del futbolista que me saca de quicio es la subestimación. Es una actitud arrogante y deshonesta. Subestimar al rival es despreciarlo. Una noche, con Estudiantes, jugábamos contra Nueva Chicago. Íbamos 2-0 arriba y el tercer gol lo erramos veinte veces, siempre sobrando al rival. Faltando diez minutos nos hacen un gol de cabeza. Ganábamos 2-1. Todo parecía normal. Las barbaridades que les dije a los jugadores no se pueden contar. Porque a mí lo que me enferma es cuando se subestima al otro, cuando uno se cree mejor que el rival y se empieza a jugar un partido como si estuviera ganado. Los partidos se ganan cuando se terminan.

Es importante hacer una distinción entre cargar y provocar. Cargar es subestimar y provocar es un componente muy distinto del juego. Hablo de generar una acción para sacar provecho. Neymar puede provocar una acción para sacar partido de una situación cuando, por ejemplo, tiene la pelota para que le peguen. Él juega así. En cambio, cuando se sobra al rival no se tiene el desempeño habitual, y además, se perjudica al equipo.

(Reuters)

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En todos los trabajos de conjunto hay que saber relacionar la disciplina con la improvisación. Es fundamental encontrar las dosis correctas de libertad y responsabilidad. Se dice que Marcelo Bielsa es muy exigente con las obligaciones, pero yo lo tuve de técnico y nunca vi que nos privara de algún acto individual. Nunca. Sí nos aumentó la capacidad para interpretar el juego.

La destrucción del juego rival es una virtud. Estoy hablando de desactivar el juego contrario, no de pegar. La mejor manera de atacar es defender bien. El Barcelona nos dio la posibilidad de ver algo absolutamente fantástico desde lo visual, pero muy difícil de igualar. La prueba está en que, en el Bayern Munich, Guardiola no logró redondear lo que hizo en Barcelona. La propuesta de trabajar sobre la recuperación de la pelota es una preparación para el ataque. No es trabajar defensivamente. La recuperación es el principio del ataque.

El hincha lo único que quiere es el triunfo. Todo lo demás es cuento. No analiza estrategias, no piensa que hay un proceso para llegar a una meta. Quiere ganar. A Bilardo le preguntaron qué pensaba sobre el fútbol y él dijo: “A mí me enseñaron de chico que hay que ganar. Un día entré en la Facultad de Medicina y vi a un médico que tenía que operar del corazón. El tipo entró en el quirófano y el único resultado que servía era que el paciente siguiera vivo. Es lo mismo que en un partido. El único resultado que me sirve es ganar”.

Si me preguntan: “¿Vos querés jugar bien para que los demás alaben tu juego?” Yo contesto que no. Lo que quiero es ganar y no me interesa si esto le gusta o no a alguien.

Cuando quedamos eliminados de la Copa Sudamericana con River, tomé la decisión de irme. Les comuniqué mi decisión a los jugadores y me fui a mi habitación. A los 15 minutos me golpearon la puerta y vinieron a verme doce jugadores para pedirme que me quedara. Les dije que la realidad era lo que pasaba en el campo y por más que ellos tuviera ese ida y vuelta conmigo, no podíamos alejarnos de la realidad que nos estaba indicando el juego.

Cada partido se empieza a jugar en la conferencia de prensa porque hoy el poder de la comunicación es enorme. No sé si es un juego de espías, pero lo cierto es que uno va llevando adelante estrategias sobre cómo vender la manera en que se va a jugar. Esas estrategias pueden estar basadas en la verdad o en el “engaño”.

El partido de hoy domingo empezó la semana anterior. Por ejemplo, vamos a jugar contra un equipo que tiene su lateral izquierdo con un hombro malo. Es una información con la que se cuenta mucho antes de que empiece el partido. Es evidente que ante cualquier situación, ese lateral no va a saltar. Entonces ya no se está hablando sólo de fútbol sino de un detalle preciso que en el partido seguramente va a determinar una acción: la de atacar por ese flanco débil.

Si vamos a un partido con lluvia y llegamos a escuchar a uno que dice que la cancha está mala, lo peleamos. ¡La cancha está perfecta! No hay calor, no hay lluvia, no hay barro. Porque cuando uno era chico jugaba a la pelota sin prestar atención a todo eso.

Me resultó extraño que nos hayan echado la culpa a nosotros del descenso de River. Jugamos cartorce partidos. De seis campeonatos por el descenso, nosotros no llegamos a jugar uno. Siempre me hago cargo de mi responsabilidad, pero sinceramente acá me cuesta verla.

Bielsa y Bilardo son grandes técnicos y se dice que pertenecen a escuelas diferentes. Yo creo que son personas con lenguajes diferentes. Desde la expresión son distintos, pero los dos tienen una claridad contundente. De los entrenadores que tuve, Bielsa fue el que mejor preparaba los partidos y el que más me dio tácticamente. Bilardo me preparó a partir de los 16 años. Me sacó del formato en el que yo jugaba y me hizo entender el concepto de “todocampista”. Los dos son obsesivos, pero con ninguno tuve tareas molestas, al contrario.

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En la Argentina existe esa vieja historia entre Menotti y Bilardo, por poner dos referencias conocidas. Pero yo no creo de ninguna manera que el fútbol de Menotti necesite menos esfuerzo y menos trabajo para jugarlo que el de Bilardo.

En aquella final entre Estudiantes y Boca, llegamos mejor nosotros que ellos. Boca estaba mejor preparado para las finales, porque venía de ganar dos torneos seguidos. Nosotros teníamos mucha gente que no había salido campeón, salvo Juan Sebastián Verón. Pero llegamos a ese partido con una energía positiva y con una especie de halo. Hay equipos que son coperos y Estudiantes es uno de ellos. Es mística, es historia.

El éxito es un poco deprimente. Recuerdo el campeonato ganado con Estudiantes. En el micro de vuelta a La Plata todos festejaban y yo estaba pensativo. Pensaba en cómo iba a volver a llevar a los futbolistas al mismo sitio al que ya habíamos llegado. En ese momento sentí un vacío que es difícil de explicar. Es lo mismo que sienten los alpinistas cuando llegan a la cima de los cerros.

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Si avanzo sigueme si me paro empujame si retrocedo matame.

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