A 50 años de la aparición de “Cien años de soledad”, anécdotas, secretos y claves de un libro milagroso

García Márquez escribió durante un año y medio casi sin sacar los dedos de las teclas. Las páginas del manuscrito estuvieron a punto de perderse bajo la lluvia. Gabo y su mujer empeñaron secador, plancha y tostadora para poder comer. Mandar el original a Buenos Aires en dos partes porque no les alcanzaba el dinero para pagar el correo.

Gabriel García Márquez (Ilustración: Jaime Clara)

Gabriel García Márquez (Ilustración: Jaime Clara)

Dieciocho meses –549 días– sin sábados ni domingos ni fiestas de guardar ha trabajado el Gabo, y ahora Esperanza Araiza, “La Pera”, esa mecanógrafa de poetas y guionistas, se resbala al bajar del autobús (llueve a océanos), y las cuartillas con las últimas correcciones, desparramadas por el viento, quedan flotando en los charcos… Esperanza y otros pasajeros las recogen, una a una, y ella, en su casa, las seca con la plancha.

Y no era el último avatar. Ya con las 590 cuartillas escritas a máquina, releídas y pulidas, Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha, su mujer, llegan a la oficina de correos para mandar la novela a Buenos Aires, donde la espera Francisco Porrúa, editor del sello Sudamericana.

El empleado las pesa.
–Son ochenta y dos pesos.
La pareja busca y rebusca.
–Sólo tenemos cincuenta y tres…
Dividen el paquete por la mitad. Pero no advierten que han mandado la segunda parte de la novela. Sin embargo, Porrúa, que ya había decidido editarla apenas conoció, por teléfono, las primeras líneas, le mandó el dinero para recibir el resto.

Aquellas primeras líneas…

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Veintiocho palabras. Las inaugurales de Cien años de soledad. De sus 351 páginas de la primera edición: 5 de junio de 1967. Medio siglo ya desde los ocho mil ejemplares de tirada, agotados en pocas semanas, que impulsaron a la editorial a lanzar otros diez mil… con igual destino. Más que un destino, un milagro. Cincuenta años. Cuarenta idiomas (esperanto incluido). Tantos millones de lectores que, juntos, construirían no la pequeña aldea de Macondo sino uno de los veinte países más poblados del planeta.

¿Cómo lo logró Gabo, ese colombiano nacido en Aracataca (su Macondo), periodista, cuya primera novela (La hojarasca) fue rechazada con un negro augurio: “Usted nunca será un escritor”?

Según él, “porque desde mis 17 años no hice otra cosa que sentarme frente a la máquina de escribir, y llenar una hoja en blanco con una historia”.
Es cierto: a lo largo de muchos años y muchos diarios urdió una colosal obra periodística. Y antes de Cien años… parió La hojarasca, Los funerales de la Mamá Grande, El coronel no tiene quien le escriba. Pero ninguna –y menos las posteriores, cuando ya era célebre y millonario y premio Nobel de Literatura 1982– en las anémicas condiciones de su obra cumbre.

La novela que parecía imposible terminó siendo leída por millones de lectores en el mundo

La novela que parecía imposible terminó siendo leída por millones de lectores en el mundo

Él y Mercedes vivían en México, de prestado, en una casa de la calle La Loma número 19, barrio San Ángel, México ciudad. Su cuarto de trabajo cargaba con un sobrenombre más que sugerente: “La cueva de la mafia”.
Apoyó sus dos dedos índice en las teclas un día de abril de 1965, y clavó el punto final en septiembre de 1966.

De ese año y medio recordó que “no gané un peso, y no supe cómo se las compuso Mercedes para que no faltara la comida de cada día. Lo cierto que en los últimos balbuceos de la novela debimos empeñar el secador, el calentador y la batidora, las últimas máquinas que nos quedaban…”

Y el día D, en el correo, con todo listo para el envío final a Buenos Aires, Mercedes deslizó una oscura prefiguración:
–Lo único que falta ahora es que la novela sea mala.

Por cierto, frente al éxito que crecía como alud, el periodismo insistió en la clásica pregunta: “¿Cómo nació, cómo se le ocurrió la novela?”. Y Gabo, sin mentir del todo pero tampoco sin revelar todo, recordaba que “de pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos rumbo a Acapulco para pasar un fin de semana… cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador, que apenas logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Mi hijo Rodrigo dio un grito de felicidad: ´¡Yo también, cuando sea grande, voy a matar vacas en la carretera!´”.

Gabo, cuando recibió el Nobel, en 1982 (Getty Images)

Gabo, cuando recibió el Nobel, en 1982 (Getty Images)

Y confundía a la prensa con dos versiones: una, que no llegó a Acapulco: dio media vuelta y empezó a escribir; otra, que fue a la playa, “pero no tuve un momento de sosiego, porque no podía soportar en mi cabeza aquellas palabras que me taladraban: `Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…´”

Pero… ¿qué es “Cien años de soledad”? ¿Por qué llegó a leyenda, mito, casi religión literaria? Porque aborda, con profundidad, misterio, belleza y un lenguaje de abrumadora perfección, dos dramas arquetípicos: la soledad y la pérdida del Paraíso. Porque eso es Macondo al principio: una aldea de trescientas almas felices que viven en estado de gracia. Tanto, “que en Macondo nadie se muere”… hasta que llegan los signos del Mal. Es el mundo y la vida de siete generaciones (número no casualmente cabalístico) de la familia Buendía.

Su Adán es José Arcadio Buendía, y su Eva, Úrsula Iguarán. Un matrimonio de primos sobre los que pesa el presagio de que sus hijos, por ese parentesco de sangre, pueden nacer con cola de cerdo. Poco a poco llegan habitantes “del otro lado de la ciénaga”: los emisarios que llevan progreso… pero dos pestes: el insomnio y el olvido. Estalla una guerra civil (Gabo se inspiró en las largas luchas entre conservadores y progresistas, y reconoció que su coronel Aurealiano Buendía fue inspirado por el general Rafael Uribe Uribe). Llega la paz. Aureliano intenta matarse de un balazo en el pecho, pero sobrevive. Tuvo diecisiete hijos, y uno de ellos Aurealiano Triste, instala una fábrica de hielo…

García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha, en Buenos Aires (Gentileza Sara Facio)

García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha, en Buenos Aires (Gentileza Sara Facio)

La novela, infinita, encarna claramente en la Biblia. Son más que claras las referencias al Diluvio Universal (Macondo queda devastado por casi cinco años de lluvias), al Éxodo, a la Asunción de la Virgen María, al vellocino de oro (un San José de yeso repleto de monedas de oro, y Sodoma y Gomorra: Macondo vive en pecado, no bautiza a sus hijos, no santifica las fiestas… y un cura (Nicanor Reyna) ve la oportunidad de evangelizar al pueblo: construye una iglesia, y seduce a los ingenuos levitando… ¡después de tomar chocolate!

Si Gabo se propuso un mensaje, lo logró descarnadamente. El nacimiento y la caída de un pueblo feliz. El progreso (la tecnología como arma de doble filo). Las profecías aterradoras y cumplidas: apariciones, voces de muertos, hombres devorados por hormigas…

La dulce aldea “de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos” se desploma por las guerras internas, la llegada de una empresa bananera foránea, el odio político, la pobreza, la llegada del ferrocarril… hasta la patética descripción final: “Macondo estaba en ruinas. En los pantanos de las calles quedaban muebles despedazados, esqueletos de animales cubiertos de lirios colorados, últimos recuerdos de las hordas de advenedizos que se fugaron tan atolondradamente como habían llegado… Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros”. El fin de la Creación: el Apocalipsis.

Así como, según Borges en el prólogo de Crónicas marcianas, Ray Bradbury puso, además de su talento, “el largo tedio de sus domingos americanos”, acaso Gabo creó Macondo rogando que el mundo y la vida fueran, eternamente, como las fábulas que le contaba su abuela. Pero en algún punto, cuando uno de sus personajes dice: “toda primavera antigua es irrecuperable”, comprendió que todo verdor perecerá, y que “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Sin embargo, aún cuando alguien se sienta parte de esa estirpe, tiene una primera oportunidad de maravillarse con esa inmortal novela y también una segunda: una vez cerrado el libro, las palabras permanecen. Las palabras que esculpió para los siglos que vienen ese caribeño que recibió el premio Nobel vestido con guayabera –su prenda nacional– y una flor amarilla… como las mariposas que en el libro siguen sin descanso a un personaje.

En el 2006, Pedro Sánchez, alcalde de Aracataca, la patria chica de Gabo, quiso cambiar ese nombre por Macondo. Pero el pueblo le dio la espalda: necesitaba 7.500 votos a favor, y apenas se presentaron… 396 electores.
Al fin y al cabo, un final feliz. Porque Macondo es un sueño eterno. Magia intocable.

Como autor, García Márquez se convirtió en una leyenda

Como autor, García Márquez se convirtió en una leyenda

Según el cánon noruego, Cien años de soledad está entre las cien mejores novelas de todos los tiempos. Algo así intuyó Abelardo Castillo una mañana de invierno, en Rosario. Me contó que fue a una conferencia sobre literatura, y que la sala estaba casi vacía. El orador, lejos de deprimirse y abandonar escenario y desafío, empezó así: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, el coronel Aureliano Buendía se despertó una mañana convertido en un monstruoso insecto”. Y cerró Abelardo: “¿Te das cuenta? El tipo metió tres comienzos de novelas célebres: el Quijote, Cien años de soledad, y La metamorfosis. Cervantes, García Márquez y Kafka… ¡en tres líneas!”. Y Gabo entre esos dos monstruos sagrados no fue casualidad.

Fue un luminoso acto de justicia.

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Si avanzo sigueme si me paro empujame si retrocedo matame.

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