Jorge Baradit: “La alameda de Santiago debería llamarse José de San Martín y no Bernardo O’Higgings”

El escritor chileno, autor de ‘Historia Secreta de Chile’, habló con Infobae sobre la construcción de la identidad nacional y el valor de la vulgarización histórica

Fotos Nicolas Stulberg 1920Jorge Baradit, autor de Historia Secreta de Chile

La historia y la literatura se encontraron en Historia Secreta de Chile, publicado por Sudamericana y presentado por su autor en la Feria del Libro de Buenos Aires. Jorge Baradit tenía una relación con los cuentos de ficción cuando se encontró con la historia y le surgieron deseos de hacer algo más con ella.

Ese encuentro es el que genera en el lector predispuesto a leer un libro de historia, de la Historia con mayúscula, la sorpresa de una serie de relatos sobre personajes y episodios que en algunos casos han sido tergiversados, en otros ocultados y en otros caricaturizados. “La Historia aplana y caricaturiza a nuestros próceres”, menciona en una conversación con Infobae, en relación, por ejemplo, a la poetisa, feminista y activista chilena Gabriela Mistral.

La fórmula de Baradit en Historia Secreta de Chile le ha valido un éxito de ventas en su país, superando los cien mil ejemplares y permitiendo la salida de un segundo volumen y la preparación en estos momentos de una tercera parte. El libro se ha convertido en un verdadero fenómeno popular, comparable con algunas de las obras de la consagrada Isabel Allende. Los relatos recorren episodios que van desde el rol de Arturo Prat en la Guerra del Pacífico y su vínculo con el espiritismo, pasando por el destino desconocido del cadáver de Manuel Rodríguez, hasta el rol de Ingrid Olderock, “un monstruo chileno”, como llama el autor a quien ejerciera torturas durante la dictadura militar.

-A contramano de lo que sugiere el título, uno no se encuentra con un libro convencional de historia cuando abre Historia Secreta de Chile. ¿Cuál es la historia que le interesó contar?

-En mi caso personal tenía una intención de contar aspectos de nuestra historia que no están contados, o que han sido tergiversados. La gente que lee el libro se encuentra con próceres enfocados de una manera completamente distinta, con eventos o momentos históricos que no tienen nada que ver con lo que le han enseñado; y creo que por ahí pasa la idea de que es una historia “secreta” y la tarea de desclasificar. La historia la escriben generalmente las élites y por eso la sensación de que los protagonistas son los mismos 20 presidentes y los mismos 20 generales que se repiten hasta las nauseas. No están los obreros, no están ni siquiera las familias de los próceres, no están los profesores, no están las mujeres, no están los gays, ni los inmigrantes. El 80% del país está desaparecido de su propia historia.

-¿De qué forma le interesó entonces contar esa historia?

-Primero que nada, hay que decir que yo no soy un historiador, sino que soy escritor, y quizás eso explique un poco por qué uno se encuentra con este libro y esta forma de narración. En segundo lugar, creo que fui motivado por la distancia que ha ido tomando la gente de la historia. Y creo que eso sucedió porque la forma en la que se relata la historia, al menos en Chile, es muy árida, excesivamente académica. Los textos de historia son más cercanos a la ciencia, son textos fríos y distantes, y están alejados de las emociones. Pero para entender los procesos históricos es necesario entender cuestiones como el odio, la venganza, la ambición, el amor; los sueños de un pueblo. Y ahí es donde entran estas herramientas de la narrativa que pueden acercar a la gente. Un narrador quiere que la gente sienta que está en el lugar del protagonista, y para eso es necesario “sentir” el olor a pólvora de las batallas.

-En el libro hay una exploración en la ficción también. Quiero decir que algunos de los relatos, aunque estén basados en hechos documentados, parecen relatos de ficción. Por ejemplo, el capítulo sobre el terremoto de 1647 y el misterio del Cristo de Mayo…

-Lo que sucede es que yo vengo de la literatura de ficción y de la fantasía. Entonces tengo el ojo puesto en fenómenos que pueden no parecer normales: los fantasmas, las invasiones, las conspiraciones; el mundo ‘paranormal’ me interesa muchísimo. Y la verdad es que cuando investigas la historia, descubres que efectivamente hay situaciones que responden a esos patrones. El caso del Cristo de Mayo (una estatua que sobrevivió a la devastación provocada por el terremoto de 1647 en Santiago de Chile) es muy significativa porque si visitas Santiago puedes ir a esa iglesia y puedes visitar el Cristo, que debe medir un metro y medio, y verlo, ver la corona, y demás. Y después enterarte que la historia que hay detrás es muy interesante.

cristo de mayo 1920La figura del Cristo de Mayo, símbolo del terremoto de 1647 en Santiago

-Además del capítulo del terremoto, hay varias menciones a lo largo del libro a fenómenos telúricos o meteorológicos. ¿Es posible que hayan condicionado de alguna forma la identidad chilena?

-Sin dudas. Sin ir más lejos, hace pocos días hubo siete temblores en Valparaíso, la ciudad en la que yo nací, y el más fuerte fue de 5,7 grados en la escala Richter. Chile está ubicado sobre la falla tectónica más activa del planeta, tenemos 90 volcanes activos. De hecho, el mito originario de los Mapuches chilenos es el de una serpiente de agua peleando contra una serpiente de Tierra, que no es ni más ni menos que un maremoto y un terremoto, y los mapuches intentando salvarse de uno y de otro. Esta idea del suelo que se mueve pareciera haber sembrado en el corazón de los chilenos el amor por la estabilidad. Los chilenos tenemos un amor, que puede parecer desmedido, por el orden y la estabilidad.

-Se podría decir que hay un fenómeno natural que se traduce en una concepción política.

Prácticamente, sí. Esto se proyecta en todos los aspectos. Desde la educación que le das a tus hijos, hasta la relevancia que le das al orden, a la disciplina, al silencio. Todos aspectos con los que chocamos con los argentinos. Se valora el orden, se valora la disciplina. Cuando hay un terremoto aflora todo lo que eres como chileno: guardas la calma, ordenas tu mochila, no hay gritos, no hay escándalo, sacas la linterna y caminas por donde la autoridad te dijo. Esa inestabilidad tectónica, geológica, ha moldeado el alma de los chilenos. Políticamente, los chilenos somos gente introvertida, mucho más que los porteños, y esa energía que guardamos, un día explota. Somos parecidos a los volcanes: estamos callados, callados, callados, hasta que un día explotamos.

-Más allá del éxito en ventas, su libro fue muy cuestionado en Chile. ¿Cree que, como dicen, vulgariza la historia chilena?

-Sí, y me encanta esa palabra. “Vulgo” es pueblo y “vulgarizar” es hacer popular algo. Cuando la Iglesia Católica decidió que la Biblia tenía que estar al alcance de todos, publicó un texto que se llamó ‘la vulgata’. A mi me interesa la democratización de la historia. Me interesa que salga por fuera de las élites intelectuales, me interesa que salga de la administración de esas élites, económicas, políticas y de todo tipo. Y que se acerque a la gente. Cuando sientes que la historia la hacen los presidentes, los generales y los dueños de las empresas, llegan momentos históricos claves y sientes que tiene que venir un caudillo, un empresario, un presidente o un general a hacer el trabajo por ti. A los chilenos nos ha ocurrido eso. En la medida en que entendamos que los que hicieron la historia han sido los obreros, los profesores, los inmigrantes, las mujeres y los homosexuales, entenderemos que cuando llegue el momento podremos ser protagonistas de la historia, y no desaparecidos. Por eso es tan fundamental el vínculo emocional entre la historia y la gente; la vulgarización de la historia.

-Hablando por un lado de divulgación y, por el otro, de quiénes son los que cuentan la información, hace unos pocos días falleció el poderoso Agustín Edwards, dueño de El Mercurio. ¿Cree que con su muerte se cierra un capítulo de la historia reciente chilena?

Agustin Edwards 1920 1Agustín Edwards, dueño de El Mercurio

-Te lo voy a contestar de esta manera. Hubo un Agustín Edwards en el siglo XIX que impulsó al gobierno de la época a ingresar a lo que se conoció después como la Guerra del Pacífico, por intereses económicos de unos pocos chilenos. Un conflicto de interés entre unos pocos empresarios chilenos metió a todo un país en una guerra, una guerra que hasta el día de hoy nos tiene enemistados con nuestros vecinos. Hubo otro Agustín Edwards que fue a murmurarle al oído a los militares y opositores del presidente José Manuel Balmaceda (1886-1891) y motivó, impulsó, ayudó y conspiró para una revolución que mató más gente que aquella guerra, la revolución de 1891. Otros Edwards, durante el Siglo XX, conspiraron para producir cambios sociales favorables a la élite. Un Agustín Edwards, éste, fue a los Estados Unidos a hablar con Richard Nixon para derrocar a Salvador Allende incluso antes de que asumiera el poder. Estamos hablando de una especie de “vampiro histórico” que lleva 200 años o más interviniendo en la historia de Chile. Entonces el que se murió hace unos días fue sólo un representante de una forma de hacer política. Pero, sin dudas, esa forma de hacer política sigue viva en Chile.

-Está presentando este libro que explora la identidad chilena en Buenos Aires. Más allá de las diferencias que existen entre los pueblos argentino y chileno, ¿le parece que existe una identidad común? ¿Hay puntos de contacto? 

Sí, existen todos los puntos de contacto. Hay tres grandes paños históricos que compartimos argentinos y chilenos. El primer paño es el proceso de la conquista. Un imperio que ingresa, arrasa con todo y se adueña del territorio. Sin distinción. Un segundo paño común es el proceso independentista. Estamos hablando de unos 20 o 25 años donde un grupo de ciudadanos de varios países de Latinoamérica se confabulan para independizarse de España. Los próceres se repiten; en todo América Latina se sabe quién es José de San Martín, quién es Simón Bolívar. De hecho, en 1806 y 1807, cuando Buenos Aires estaba resistiendo las invasiones inglesas, soldados chilenos fueron enviados para colaborar con la contención de esas invasiones. Y después fue el ejército argentino, bajo bandera albiceleste, que cruzó la Cordillera de los Andes para liberar a nuestro país. Y más tarde fue el ejército argentino-chileno, financiado por Chile, el que manda una expedición a liberar el Perú. Entonces es una historia de independencia también imbricada. Y el tercer paño sin dudas fue el proceso de las dictaduras latinoamericanas de los años 70. Bajo la guerra fría, nos vimos entre dos fuegos y terminamos optando por los Estados Unidos.

Jose de San MartIn 1920 (1)José de San Martín

-Esa historia de independencia en común, el segundo paño,  ¿es conocida en Chile?

-Bueno, en la segunda parte de este libro yo cuento algo que para los argentinos es parte de lo que les enseñan en el colegio y que para los chilenos es una historia absolutamente desconocida. En Chile se cuenta que Bernardo O’Higgings cruza los Andes para pedir ayuda, y que regresa con un Ejército que -nos insinúan- está básicamente compuesto por chilenos y algunos argentinos. Y que a su mando (de O’Higgings) derrota a los españoles en Chacabuco, conquista la libertad de Chile y bailamos todos felices los 18 de septiembre. En Chile la figura de San Martín es absolutamente secundaria. No aparece como el libertador de nuestro país, nadie dice que fue el Ejército de los Andes que tenía bandera albiceleste el que nos liberó, y que fue financiado por las Provincias Unidas del Río de la Plata. Y cuando lo dices los chilenos no pueden creerlo. Yo ya he dicho públicamente que la gran alameda que cruza Santiago y que se llama Alameda del Libertador Bernardo O’Higgings debería llamarse Alameda del Libertador José de San Martín. Y por decir eso he recibido amenazas de muerte. Ahora, también hay que entender que somos países jóvenes y que en ese momento necesitábamos construir rápido una identidad. Teníamos que sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Por eso no era muy conveniente contar que no nos habíamos liberado solos, sino que necesitamos de una tremenda ayuda por parte de Argentina. Y lo gracioso es que idioteces de ese tipo se repiten en todos los países, casi permanentemente.

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Si avanzo sigueme si me paro empujame si retrocedo matame.

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