Prohibido felicitar

Domingo, 19 de marzo, 2017 – 00h01

Neymar y Marcelo tienen varios puntos en común: son jóvenes, son amigos, son alegres, son brasileños y son cracks. Pese a que el primero juega en el Barcelona y el segundo en el Real Madrid, su acérrimo rival, cultivan una relación afectuosa. Es lógico, han compartido mucho en la selección brasileña: Copas América, Mundial, Eliminatoria… El domingo 5 de febrero, el habilísimo delantero cumplió 25 años y el exuberante lateral izquierdo cometió la “imprudencia” de felicitarlo a través de su cuenta de Twitter. Lo usual: “Felicitaciones, hermano, te quiero mucho”. ¡Para qué…! Un temporal, una lluvia de granizo se abatió sobre el bienintencionado Marcelo. Recibió cientos de tuits insultantes, amenazantes, condenatorios. Marcelo no tuvo peor idea que responderles con un “Cállense sus putas bocas”, lo que desató otro tornado de improperios en contra. ¿De quiénes…? De “la gente”, ese mar cada vez más brumoso y menos identificable (también menos educado) que se ha tomado las redes sociales para vituperar, zaherir, vomitar odios. Desde luego, no toda “la gente”, por suerte, ni siquiera una porción mayoritaria, pero sí un trozo significativo.

Está bien que Marcelo lo congratule, desdramatiza el deporte, baja el tono de enemigos a simples adversarios (y esto en sus clubes, en la cancha, desde luego). Pero miles lo tomaron como una afrenta a los colores que representa (¡oh, sí, los colores…!). Esa porción que constituye “la gente” se cree con derecho a todo, a insultar, agredir, denigrar o infamar solo por pensar distinto, por cinchar por otro club, por ser de otra nacionalidad o porque en ese momento Twitter le viene bien para descargar sus frustraciones con alguien famoso y rico como el insultador no podrá ser nunca (aunque lo desea).

La sugerencia más sana es no responder los mensajes agraviantes o directamente bloquear a los más agresivos y maleducados, pero a veces la indignación supera a la prudencia y acontece lo de Marcelo: se responde y en mal tono. Porque, claro, enfurece que alguien utilice la propia cuenta de uno para agredirlo. Y, con todo, los agravios son menos inquietantes que las acusaciones falsas, imputaciones de cualquier tipo que quedan en el aire por aquello del “miente, miente, algo quedará”. Y de nada vale que el imputado trate de desmentir; solo logrará agrandar más el tema. El que inventó las redes sociales no había pensado en esto. Algo salió mal…

La última moda en las redes sociales en materia de descrédito es tratar a todo el mundo de pecho frío, específicamente a los deportistas. Como si el que desacredita fuera un ganador total. A propósito, ¿dónde dan el carné de pecho caliente…? ¡Queremos uno…!

El público tiene derecho a expresarse –y lo merece–, aunque con la misma educación que reclama. También cae en el error de creer que sabe más que el técnico, el jugador y el periodista. La semana anterior murió en México, en pleno partido, el Maño Aníbal Ruiz, entrenador uruguayo que entre futbolista y técnico transcurrió 55 años en el fútbol. Jugó y dirigió en 10 países y en decenas de equipos. Compartió banco y vestuario con grandes maestros. ¿Cómo el periodista, y mucho más el hincha, pretenderían saber más que él…? Pero recordamos las críticas feroces que recibía en su época de seleccionador de Paraguay. “Es un burro”, “No sabe nada”, era el clamor popular. Tenemos claro que de fútbol y de medicina todo el mundo opina, pero hay límites.

En la última final de la Champions, que fue vista acaso por mil millones de personas en el mundo, pudo observarse claramente que Sergio Ramos marcó un gol en fuera de juego. Posteriormente, cometió una falta grave sobre Yannick Carrasco, que se iba al gol. Lo cruzó feo, de atrás, sin pelota y para cortar una situación manifiesta de gol. Era expulsión clara. Recibió amarilla. ¿Cómo terminó…? Ramos marcó uno de los penales que le dieron el título al Real Madrid. Pero consignar esas tres acciones en el análisis del partido fue considerado hereje por el público. Que “¿cómo usted se permite decir eso de Sergio Ramos… por qué no mira lo que hacen los argentinos…?”. “Sáquese la camiseta del Barcelona…”. “Vergüenza de periodismo…”. Si fuera uno entre miles, ni vale mencionarlo, pero son cientos. Mucha gente (pero mucha) piensa con la camiseta y desacredita el análisis objetivo simplemente porque el rigor en el análisis le molesta, le interesa poco. Quiere que le digan lo que desea oír. “¿Por qué no dicen la verdad…?”. Esa era la verdad.

A propósito de la fantasía del amarre: si los periodistas estuviesen comprados para todo, serían millonarios, pero son simples trabajadores que luchan para llegar a fin de mes.

El planeta se rasgó las vestiduras cuando echaron a Claudio Ranieri del Leicester, pero buena parte del público no se puede asombrar demasiado: él mismo es el tirano que exige ganar todos los partidos de cada campeonato, caso contrario que se vayan todos: dirigentes, técnicos y jugadores.

También hay una animadversión creciente hacia la función periodística. Como hincha del fútbol he sido un admirador incondicional de Gabriel Batistuta. Su fuerza, su empeño, los cañonazos que sacaba me producían enorme entusiasmo, me levantaba temprano para ver sus partidos en Italia, festejaba sus goles con cualquier camiseta.

Durante el Mundial de Sudáfrica, a la salida del hotel Marco Polo, donde se alojaba en Johannesburgo, tuve oportunidad de dialogar unos instantes mano a mano. Sentí una enorme alegría y le expresé que me agradaría sostener una entrevista con él.

–¿Para qué…? Si después vos ponés cualquier cosa–, me respondió, de sobrepique.

Quedamos congelados. ¿Cómo Batistuta, que ha tenido tan buena prensa y ha gozado de las mieles que representa ser tapa de diarios, revistas y personaje preponderante en televisión y radio puede tener tan mal concepto del periodismo…? Y sobre todo de alguien que él no conoce, de quien ignora su catadura moral y su trayectoria.

También hay una exacerbación manifiesta del hinchismo. Días atrás, Paul Pogba fue agredido en un restaurante (y no por periodistas…). Según informó The Sun, unos clientes del establecimiento donde se encontraba el futbolista francés con su familia se le acercaron para pedirle un autógrafo. Pogba declinó con toda educación, pero pese a ello su negativa provocó la ira de los aficionados. Siempre, según el diario, los hinchas trataron de provocar al jugador para comenzar una pelea y, como aseguran testigos presenciales, la cosa no fue a mayores gracias a la rápida intervención del personal del restaurante. No obstante, los seguidores enfadados llegaron a tirarle un plato a Pogba, aunque no lo impactaron. Los testigos recalcan que el jugador, que fue siendo arrinconado, “no hizo nada malo” o que pudiera provocar una reacción tan furibunda y que “mantuvo el temple en todo momento”.

El acoso a los periodistas a través de insultos es un nuevo escenario que han instalado las redes sociales. El mismo sujeto que reclama al periodista “ser objetivo”, “usted también está amañado” y demás linduras es el que finaliza con una grosería o una descalificación.

La otra es que a causa de las redes sociales los periodistas terminan enmarañados con los hinchas, tironeando, discutiendo inútilmente. Antes no existía esa refriega. Pero es lo que hay y toca pasarlo.

¡Bienvenidos al mundo de las redes sociales…! (O)

El planeta se rasgó las vestiduras cuando echaron a Ranieri del Leicester, pero buena parte del público no se puede asombrar: él es el tirano que exige ganar todos los partidos.

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Autor:

Si avanzo sigueme si me paro empujame si retrocedo matame.

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